Dos
años después, en 1951, cayó una culebra de agua que causó muchos destrozos en
el pueblo. Las culebras de agua forman una figura como de embudo, lo más ancho está en las nubes y
formando un remolino se clava en un lugar de la tierra, arrancan árboles y
dejan un poso en la tierra y levantan las cosas que se les atraviesan en el
camino. Esa vez era en la madrugada de un día de agosto cuando junto con un
aironazo que parecía que iba a volar el techo de las casas el ventarrón nomás
bufaba, con la luz de los relámpagos uno veía como los árboles chocaban unos
contra otros rogando a Dios que no fueran a caer sobre las tejas de la casa,
era tan fuerte el aire que no podíamos abrir el postigo de la ventana que daba
a la calle, no tardaron en aparecer las goteras por todas partes nos faltaban
vasijas para que ahí cayeran las goteras.
Una de mis hijas me dijo que
rezáramos La Magnífica, aparte pusimos una cruz de ceniza y en un balde con
agua la partiéramos haciendo una cruz con un cuchillo de la cocina muy filoso.
Ese temporal duró como una hora más. Al día siguiente era la novedad de la
tormenta fue cuando nos dimos cuenta que no había sido una simple tormenta, la
gente decía que había sido una culebra, había tirado bardas, volado techos,
volteado tejas; cuando fui al corral había sacado de sus raíces un nogal muy
grande de con mi comadre Chayito que vivía como seis casas más adelante y las
ramas más altas llegaron hasta la casa y tumbó parte la barda del corral. Lo
curioso es que en los charcos de la calle había pescado blanco, charalitos los
niños los pescaban y los echaban en latas de sardinas o botecitos, algunas
familias hicieron la comida de ese día.
Roberto López.
Estas Crónicas serranas son la memoria de Mascota, de su pasado y de su presente, de las mujeres y hombres que con su vida le dieron historia y la siguen construyendo, de aquéllos mitad culebra, mitad montaña. Sea éste el punto de encuentro de todos los que hemos nacido aquí y de los que no, pero que nos brindan amistad, querencia y compañía.
lunes, 9 de abril de 2012
La Invasión de Sapos
Eran tan chiquitos que todos los habitantes teníamos que cerrar muy bien las puertas de las casas para que no se metieran, pero si las puertas tenían algún agujerito por ahí se metían formando montoncitos, juntitos unos de otros como niños en la escuela, aun así, al estar torteando tenía público de dos o tres sapos mirándome fijamente.
En otras ocasiones estábamos en el baño y los sapos nos miraban fijamente, no era agradable estar haciendo una necesidad y que ocho o diez pares de ojos nos estuvieran mirando. Los niños andaban felices ensartándolos en varas que cortaban, organizaban carreras de sapitos y hasta les ponían nombres como los personajes que leían en los pasquines que compraban; otros formaban ejércitos de japoneses y soldados gringos, hasta tenían puntadas los niños de ponerles cascos en la cabeza con papelitos que recortaban, los helicópteros eran mayates amarrados de una pata con un hilo y el cabo amarrado al cuello del sapo, en ocasiones los insectos levantaban al soldado en cuestión, cuando los mayates chocaban o se enredaban y caían suelo eran bajas en el ejército . Por las noches iba uno tronando sapos al caminar, al día siguiente las calles y banquetas estaban llenas de esqueletos de ellos, todos los días por la mañana al barrer la calle juntábamos baldes llenos de esqueletos de sapos. Los agentes viajeros que de vez en cuando llegaban algunos de ellos se fueron pensando que en Mascota llovía sapos. Este fenómeno no se ha vuelto a repetir, así como llegaron una mañana se fueron en otra.
Roberto López
Mazacoatl, crónicas serranas
Este
espacio está dedicado a Mazacoatl, un pueblo en la cumbre de la
Sierra Madre Occidental, en el estado de Jalisco, cuyos orígenes se remontan a
los primeros pobladores de lo que hoy se conoce como República Mexicana, cuando
la zona era recorrida por gente hablante del náhuatl, para luego, ser habitada
por aquéllos que llegados de allende el mar, se quedaron y fundaron este pequeño pueblo
en el valle, refugio de mazacoatl,
culebras de gran tamaño, que dieron nombre al lugar, convertido en Mascota, nombre que evoca las dos
herencias que dan vida y espíritu a los habitantes del pueblo y de la región.
Vida y espíritu, surgidos hace varias centurias, recreados en cada generación y
acumulados en una rica tradición que define la esencia misma de cada mascotense
radicado en el pueblo y un poco más allá, o de aquéllos sentidos como tales,
aún en la distancia. Estas Crónicas
serranas son la memoria de Mascota, de su pasado y de su presente, de las
mujeres y hombres que con su vida le dieron historia y la siguen construyendo,
de aquéllos en los que el terruño se confunde con su alma y aman el valle, su
río ensortijado, sus cerros custodios, su cielo transparente, su aislamiento
que les hace sentirse una gran familia, mitad culebra, mitad montaña.
Mazacoatl, Crónicas serranas, es
el lugar de la palabra de nuestra memoria, es el punto de encuentro de todos
los que hemos nacido aquí y de los que no, pero que nos brindan amistad,
querencia y compañía.
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